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Reflexión del Evangelio del Domingo XXII del Tiempo Ordinario. Mt 16,21-27


En todo este año estamos siguiendo durante los Domingos el texto de Mateo y en este Domingo se nos narra la primera predicación por parte de Jesús acerca de su pasión, hoy habla por primera vez de su muerte. Al explicar Jesús a sus discípulos que padecería, hasta el extremo de la muerte, anunciando al mismo tiempo la Resurrección, lo que está es anunciando explícitamente y sin ambigüedades un tipo de mesianismo. No era ciertamente el mesianismo esperado por gran parte del judaísmo y  de aquellos discípulos de al menos de aquellos primeros momentos de explicación de su pasión; es por ello que aparece en este texto el reclamo de Pedro a Jesús de no permitirle morir en el modo en el que él lo anunciaba. El mesianismo que ellos esperaban se inspiraba en el estilo de los héroes políticos reivindicadores del momento, que hasta daban sus vidas en revueltas con la espada en la mano. No se puede negar que existía una sed de justicia muy grande y tampoco se puede negar que si bien Jesús no asumió una posición zelotista revolucionaria, sin embargo Jesús no estuvo ajeno en su mesianismo particular el asumir la causa de los sufridos, excluidos y explotados.

Su mesianismo particular y que sólo él inauguraba era el confiado por Padre, el de ser el Salvador de todos sin excluir a nadie. El modo de su acción mesiánica fue su propia vida para poder cargar sobre sí la raíz de todas las exclusiones sociales, sea judía, samaritana, romana, incluso zelotista revolucionaria, porque aún en ésta existían exclusiones por luchas de poder por el primer puesto del liderazgo. El modo del mesianismo de Jesús fue la de asumir el pecado del mundo, pues solo el Hijo de Dios, apasionado por un amor hacia su Padre pudo entrar en la entraña de la miseria humana y liberarla y convertir lo que es fuente de egoísmo humano en fuente de entrega y solidaridad.

El mesianismo de Jesús es por tanto distinguible, exclusivo pero no excluyente. En su mesianismo entran hasta la causa de los romanos sufridos, griegos sufridos, judíos sufridos y demás. Si Jesús hubiese asumido alguna versión mesiánica de la época hubiese terminado metiendo en un mismo saco a todos aquellos que no fuesen de su partido, tal cual como lo hicieron los de su época.

En este sentido, para entender su causa hay que seguir haciendo lo que él hizo, de lo contrario su mesianismo en nuestros días sería teoría, doctrina; solo se entiende si se vuelve a escuchar su invitación: “El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. El que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mi causa la conservará”.
Pero ¿cuál cruz es la que seguimos? Creo que debiera ser la de su causa, la más original, la de los pobres, sufrido y marginados del mundo en su condición de desposeídos o de los pecadores, pues es pobre quien también vive el lastre del pecado del mundo: el prostituido, el drogado u otro tipo de descarte social. Si Cristo vino para tomar el pecado del mundo es desde allí donde nos conseguimos con una cruz que pudiéramos abrazar. Allí se consiguen problemas y adversidades, pues hasta de parte de nuestras filas cristianas no se aceptan de buenas a primera, se opta de mejor manera en este caso por una especie de  caridad a la carta, se habla incluso de hacer “obras de caridad” no de vivir la caridad, sino de hacer obras a control remoto en la que se esté distante del rostro sufrido, donde ni siquiera el óxido de su sudor se sienta. Por ello abundan cenas a beneficios, bingos, tardes de té, recepciones y demás donde el remanente de la ganancia que siempre es poco en comparación con lo invertido se convierte en aliciente de conciencia… ¡qué cruz!; y si a ese estilo de “mundanidad espiritual” (Francisco, EG 95) le acompaña alguna espiritualidad de un movimiento integrista en la que se resalta un tipo de ascética mortificativa de castigo del cuerpo se termina creyendo que “las cruces” ya han sido colmadas y que en el futuro lo que toca es que Dios (después de esta vida) declare mis méritos. El problema no es que se hagan obras de caridad u obras de castigos ascéticos corporales, sino que los estilos de vidas son muy distantes de lo que significa seguir la cruz de Cristo, es decir, su causa. Como se ve es una relación con Dios muy fuera de uno o muy fuera de Él, sin incidencia en el presente histórico de la voluntad de Dios en nuestras vidas, que solo se hace a través de un proceso de diálogo con Jesús vivo (Lectio divina…), y es allí donde acrece el deseo de contemplarlo en el que sufre: “Tuve hambre y me diste de comer, desnudo y me vestiste, enfermo y encarcelado y me fuiste a ver”.

Para comprender y seguir a Cristo hay que pasar del leer al contemplar, por lo general en este proceso solo se queda en el leer a Cristo, se sabe de su mensaje, de su historia pero no se le contempla, se lee acerca de Cristo pero no se le ve. Por eso que las relaciones con Jesucristo aún de muchos años en una iglesia pueden seguir siendo superficiales, de poca incidencia de compromiso en ver su rostro en el que sufre y asumir su causa, más cómodo resulta una caridad a la carta o de control remoto. Contemplar es como día San Gregorio Magno, Papa, “el conocimiento de Dios que está impregnado de amor”.


Por consiguiente, si se trata de contemplar la cruz de Cristo se busca ver esa cruz desde la dimensión más redentora y solidaria; se trata de la cruz de la injusticia, de la exclusión y de la miseria de todos los tiempos más que de asumir una corriente ascética que busca ver el combate en el deseo meramente carnal de forma individual. La negación de sí mismo no consiste en un ejercicio piadoso sino una opción serena y responsable por aquellos a quienes el sistema les impone exclusión y miseria. Así pues, “no nos inventemos más cruces” como “para no aceptar la verdadera cruz del maestro” (Schökel)
Pbro. Alberto Márquez.

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